CHICOS DESOBEDIENTES

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Los relatos de duendes en la siesta catamarqueña son muchos y cada uno tiene su valor folklórico e histórico, ya que son parte de nuestras raíces. La mayoría de ellos tiene  el aval de lo verídico.

 

En una típica siesta veraniega a las tres de la tarde, a principio de los 80, un grupo de chicos de entre 10 y 15 años mataban el tiempo contando chistes y charlando a la sombra de unos pinos en el barrio. Hondas en mano, decidieron salir a caminar para ver si la suerte les era venturosa y podían cazar algunas aves. “Fijiro”, como lo apodaba con cariño su abuelo, pidió permiso a su madre para ir con los vecinos, sin advertirle que irían al campo de tiro del regimiento, cosa que él sabía, estaba terminantemente prohibido: “Andá pero no quiero que te alejes del barrio, ¿Me oíste? Nada de alejarte”.

Con el permiso y la advertencia, salieron los chicos, cruzaron las laderas arenosas del arroyo entre risas y hondazos fallidos, se alejaron de la mirada vigilante de la madre de “Fijiro”.

Sin medir el tiempo, llegaron al campo de tiro, árido, caluroso, uno que otro parajillo revoloteando, pero nada más, la idea de la muchachada era hacer un rodeo hasta salir por el camino a La Gruta y de allí regresar antes de que se ponga el sol.

Siguieron el camino polvoriento, entre risas y silencios internándose aún más en zona deshabitada. De repente, un silbido hace que el grupo apronte las hondas esperando dar con el escurridizo pájaro.

“Allí está”, dijo “Fijiro” en voz baja. Apuntó su honda y tiró la piedra, la sorpresa de todos fue enorme cuando el proyectil fue devuelto.

Detrás de un arbusto, allá a la distancia, un niño los miraba, no tuvieron tiempo de reconocerlo ya que se escondió con rapidez.

Otra vez el silbido, los amigos se miraron, y uno respondió: “fiuufiiiifiuuu”, la réplica no se hizo esperar, les resultó divertido el juego propuesto por ese niño que cada vez que ellos se acercaban, el pícaro se alejaba, no tanto como para perderse sino lo suficiente como para mantener la distancia entre los improvisados cazadores de aves.

Estuvieron así, entre silbido y silbido, por un largo rato, de vez en cuando se dejaba oír una risa burlona de un infante al cual no se le podía dar alcance por más que el grupo apretara el paso hacia el cactus, roca o arbusto del que se suponía estaría el caprichoso niño.

Las sombras se alargaban cada vez más, y uno del grupo advirtió que el sol se estaba por poner detrás de los cerros, y que ellos estaban ya demasiado lejos de la ruta y sin poder escuchar algún auto que les indicara su proximidad a La Gruta.

Al entrar en cuenta de la situación, a todos les recorrió un escalofrío por todo el cuerpo, recordaron las infinidades de veces que sus mayores le advirtieron de las mañas del duende, que jugando y jugando alejaba a los niños desobedientes de la mirada de sus padres para raptarlos. Dejaron de responder al silbido, que cada vez era más fuerte y más cercano y la risa pícara de niño se transformaba en una risa más tenebrosa, más fuerte hasta convertirse en carcajada… Jajajajaja.

Todos, al mismo tiempo dieron la media vuelta y retomaron la senda por la que, según sus huellas, llegaron allí. El sol se hacía cada vez más anaranjado y tenue. Apretaron el paso, trataron de no demostrar mucho miedo para evitar asustar a los más chicos. Uno de ellos volteó para ver si eran seguidos y se paralizó al ver que detrás de sus pasos a escasos metros, un pequeño hombre, sombrero grande, de brazos tan largos que casi tocaban el suelo, caminaba de manera ágil sin quitar su mirada de los espantados niños, dejando oír su risa casi frenética y alocada, obligándolos,  ahora sí a emprender una rauda carrera. El más grande tiró un hondazo al ser, que recibió de lleno la piedra, y a manera de juego la tomó del piso y se las arrojó, pero esta vez con gran fuerza y decididamente para hacer blanco en alguno del grupo.

“Mammaá”… gritaron. Todo parecía un laberinto, los cactus se hacían más tenebrosos con las penumbras que cedía la desaparición del sol. En la carrera no importaban los arañazos de las ramas, ni la pérdida de algún calzado, sólo querían salir al campo de tiro, que vaya a saber dónde estaba.  

Desesperados, helados por el miedo y temiendo la inevitable desaparición de la luz, rezando y llorando buscaron la iluminada avenida.

Al llegar al barrio, cada uno siguió su carrera hasta llegar a sus casas y no se detuvieron hasta cerrar las puertas; “Fijiro” con sus ojos casi fuera de sus órbitas y su corazón a punto de explotar, buscó a su madre en la cocina, “por fin llegás, mirá la hora que es, te dije que no te alejaras del barrio, ya sabés lo que les pasa a los chicos desobedientes”.

“Fijiro” miró el reloj, 20.15, suspiró aliviado, estaba en casa, se lavó las manos y se sentó a tomar su mate cocido. Por la ventana veía cómo la noche devoraba el barrio y se encendían las luces de la calle, revolvía su azúcar en un  intento de no pensar, de olvidar lo ocurrido, pero la sangre se heló y la piel se erizó al sonido de un “fiuufiiiifiuuu” que venía de debajo de los pinos que bordeaban el barrio.

 

Francisco

 

 

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