LA MUERTE LO ACECHABA

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Todos vamos a morir. Tal vez sea la única certeza que tenemos en esta vida. A pobres y ricos, satos y pecadores, fieles e infieles, dominadores y dominados, a todos, si hay algo que nos iguala, es la muerte, que no hace diferencia. No existen edades establecidas para que la parca pase a buscarnos, desde niños hasta ancianos, pero a los 18 años una persona no vive pendiente de ella. Salvo en situaciones de extremo peligro (una guerra, vivir en la marginación, o alguna catástrofe), como decía Borges, “la muerte es algo que sólo les pasa a los otros” cuando tenemos 18 años. Sin embargo, hay excepciones. Y Roque era una notable excepción.

Optamos por mantener el anonimato a quien narró esta historia para Zona Negra, y vamos aquí a llamarlo Matías, que nos dijo: “Roque tenía un problema… era un chico solo, un chico misterioso. Siempre decía que veía cosas extrañas, y como todas las personas se le reían, nadie lo ayudaba… yo era el único que lo entendía y lo acompañaba a hacer las tareas… Incluso sólo me juntaba con él, nada más, y lo traía a casa… me atrevo a decir que los demás le tenían miedo…”. Así inició su diálogo con ZN nuestro entrevistado Matías.

¿Qué pasaba con Roque? Para respondernos con un ejemplo, nos comentó Matías acerca de una vez que fueron a bailar a “Imperio”, un local que está ubicado por la Ruta Provincial número 1, “más allá de Muana”, como nos describió este chico de la misma edad que Roque. La madre le había regalado un cadenita de plata, y esa noche Roque decidió volverse antes, mientras que su amigo Matías estaba entusiasmado con una chica, y no lo acompañó en el largo trayecto por la ruta hasta la parada del colectivo. Cuenta Matías que, al otro día, su amigo apareció muy lastimado, como rasguñado: “yo le pregunté qué le había pasado, y me dijo que cuando iba caminando por una curva, sintió que alguien lo tomaba de un pie, pero al darse vueltas no vio a nadie… siguió caminando y, unos metros más adelante sintió que lo agarraron de un hombro y lo tiraron para atrás, y contó que al darse vuelta otra vez, vio una cosa blanca, pero como si se le hubiera nublado la vista, y cayó al piso mientras lo tiraban de los pies… y en un momento dado pudo identificar a eso que lo perseguía, y era él… se vio a sí mismo!! Pero estaba todo vestido de negro, saco, camisa y pantalón de color negro… entonces dice que escuchó una voz que le avisaba: vení… que ahora te toca… Y aunque él me lo contó llorando y asustadísimo, juro que no le creí…”

Roque siempre temió por los acontecimientos sobrenaturales que le sucedían, y los padres pensaron que podrían obedecer a algún trastorno psíquico, así que optaron por hacerlo tratar por profesionales que comenzaron a medicarlo con tranquilizantes, porque casi no dormía. ¿Qué pasó finalmente aquella noche en la ruta uno? Cuando esa aparición que tenía su rostro intentaba arrastrarlo por los pies, le impresionaron los ojos rojos de ese ser, a los que los asemejó con un par de cerezas. De pronto, según el relato de Roque a Matías, cuando lo tomó por la cadenita, inmediatamente desapareció aquello que estaba persiguiéndolo. Al día siguiente, la madre de Roque lo llevó al hospital para que le hicieran algunas curaciones en las lastimaduras, y luego llamó a Matías para reprocharle por qué lo había dejado solo a su hijo.

Roque había preferido mentirle a su madre, diciéndole que se había peleado con otro chico, sabiendo que no le iban a creer lo que realmente le había sucedido. El padre, por ejemplo, lo había llevado a un hospital psiquiátrico en Buenos Aires, por este motivo. Le preguntamos si todos lo tomaban por loco, y Matías dijo que sí, pero que para él Roque no mentía… Incluso reconoce que era muy consciente de lo que le pasaba, y coherente en sus dichos, que jamás se lo podía sorprender en alguna contradicción. Roque terminó su vida ahorcándose, en la casa de sus abuelos.

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